No supe más del restaurante L’Incanto desde la última vez que lo visité en el 2004. No sé si habrá sobrevivido a este régimen y sus políticas económicas, quizás las más infames de la historia de la humanidad. No sé cómo será su calidad ahora. Y a pesar de toda la apología que hasta ahora he hecho del lugar, debo decirles que no, no conozco ni al dueño, ni al remodelador. Sólo fui una clienta más.

A finales del año 97 me llamó la atención que en la urbanización La Fuente, de Caracas, se estuviera inaugurando un restaurante en lo que anteriormente era una cervecería de mala muerte. Me dio curiosidad porque con todo y que para ese entonces La Fuente era otra zona olvidada del oeste de la ciudad, quedaban aún en ella los rasgos de esos establecimientos de la Venezuela próspera de los 60 y 70, y de una arquitectura de estilo que llegó a rodear a la iglesia de Coromoto y la heladería de El Paraíso. Así que la cervecería mencionada, antes de ser un bar de ventanas de madera podrida y de rejitas oxidadas, había sido parte de un conglomerado de comercios donde se reunían los jóvenes para disfrutar la Caracas nocturna de su momento.

Cuando presencié la remodelación y supe de la apertura de L’Incanto, pensé en el riesgo de abrir un negocio en una ciudad donde la balanza de los restaurantes y sitios de moda tenía un peso mayor hacia el este de la ciudad. Me preguntaba si el restaurante soportaría esos desequilibrios.

No lo visité inmediatamente después de su apertura, no andaba con ilusiones y optimismos, nada de eso. Meses después, un domingo en que había ido al teatro con una amiga, ella tenía el antojo de cenar en una pizzería famosa de Las Mercedes. No lo pensé dos veces y le sugerí: “Hay un restaurante que inauguraron en La Fuente, mejor vamos allí porque así estamos cerca de casa, más cerca de mi hija. Y además”, esto sí recuerdo bien que se lo dije, “allí cuidan los carros”.

La decisión había sido muy pragmática, claro. Pero yo jamás sospeché de la exquisitez de su horno en leña, de su pizza al pesto, de que disfrutaría un domingo tomando un vino blanco seco suave, gustoso y bien servido. Y el señor cuidador de carros, no, no pedía dinero, sólo decía: “vuelvan a venir”.

No era mago ni adivino y así fue. Después descubrí que la cocina podía verse desde una ventanota de cristal y que los sabores de sus otros platos italianos se quedarían en una parte de mi memoria.

Por ejemplo, al sentarme en sus distintas mesas pude detallar la remodelación y percatarme de que aquella ventanas del otrora bar aún estaban allí, pequeñas, ahora pintadas con un verde oscuro para mantener su huella. Los restauradores habían resguardado la construcción original del lugar con un cuidado que sólo es posible en una mente amorosa y respetuosa de su tradición, de su historia. Al mismo tiempo, vigorizaron e insertaron a su negocio en la Venezuela que ya se acercaba al siglo 21.

Curiosamente, en esos días, el escritor Rafael Arráiz dio una entrevista sobre el auge de la alta cocina. Entre otras cosas, se refirió a la gastronomía y los restaurantes de la ciudad y dijo que era difícil encontrar un servicio de mesa de calidad en Caracas. Se lamentaba sobre cómo los mesoneros chantajeaban al cliente, y llegó a alabar las virtudes del servicio en Buenos Aires. Después de leer el reportaje me dije “si supiera…”

Hubo una vez que llevé a mi hija, en ese entonces de siete años, y ella derramó un jugo de lechosa. El maestro de mesoneros vino rápido a resolver el desorden y lo primero que me dijo fue: “no le diga nada a la niña”. Repusieron el jugo y no lo cobraron.

No supe más del restaurante, desde la última vez que lo visité en el 2004. No sé si habrá sobrevivido a este régimen y sus políticas económicas, quizás las más infames de la historia de la humanidad. No sé cómo será su calidad ahora. Y a pesar de toda la apología que hasta ahora he hecho del lugar, debo decirles que no, no conozco ni al dueño, ni al remodelador. Sólo fui una clienta más.

Fue enorme el impacto del restaurante en la zona. La gente se sintió atendida, querida, cuidada. Era también un reconocimiento al vecindario, al hogar, a las posibilidades de regresarle el dinero al entorno inmediato. En pocas palabras, con esa iniciativa se le devolvía el peso de la balanza a la zona oeste de Caracas y, como se ha dicho en este tipo de casos, es una de las mejores estrategias para la igualdad. Un negocio así camina de mano con la ciudad.

Por eso y por apostar al dinamismo, aquí dejo estas líneas.

Template by JoomlaShine