El socialista venezolano serio y crítico es alguien que aún guarda sus libros en alguna repisa de su casa, pero no los revisita, y si lo hace, posiblemente sonría al leer las utopías y sueños de sus preciados autores.

A mis amistades

Se sabe que hay regiones con tendencias a votar por ciertos partidos más que otros. Sea en la ciudad o en los pueblos apartados o zonas agrícolas o pesqueras, los favoritismos están basados en las particularidades de cada uno de esos sitios. Algunos lugares obedecen más a la tradición que otros, como cuando uno está acostumbrado a comprar en el mismo abasto porque es más barato u honesto, y resulta que no siempre es así. La misma cosa ocurre en la política. Pero no es cosa fácil tampoco cambiar de abasto, encontrar al partido honesto que buscamos. Y eso, cuando sabemos lo que buscamos.

Ese dilema me retrotrae a cuando pequeña iba con mis padres al mercado libre (libre porque no era techado) y escuchaba cantar a los vendedores. Entre los piticos y el despelote, alguien se las ingeniaba para cantar más duro sus ofertas y resaltar por encima de los demás. O también se acercaban, siempre con la seguridad y la sonrisa, magistral o forzada, y el ofrecimiento del pedacito de queso, o de la mitad de la naranja. Así funcionan también las campañas políticas.

Y a veces la gente compra lo que no necesita o lo que no conoce.

Ese aspecto de la opinión merece una exploración seria sobre cómo ocurren las confusiones, las contradicciones o los aciertos. Es normal en los predios políticos hacer un ejercicio para evaluar los resultados electorales y, además de permitir afinar estrategias, para encontrarse con las patas cojas de las democracias.

El político británico de centro-izquierda Nick Clegg, después del referéndum del brexit en el 2016, decidió hacer ese ejercicio post electoral ante unos intrigantes resultados en un pueblo del sur de Gales, en la Gran Bretaña.

Su intención era investigar cómo una población deprimida que había recibido un aporte de 1.8 billones de euros por parte de la Unión Europea, había votado mayoritariamente por brexit, es decir, por la salida de la UE. Ebbw Vale, el pueblo en cuestión, vivió por muchos años de la producción de acero, y está situado entre los valles profundos de Gales. Para llegar allí, Clegg tomó un tren de esos destartalados de eras también pasadas.

Entrevistó primero a las personas mayores y pensionados en sus lugares de concurrencia habitual, sea el coro o el bar, y la respuesta era que nada de esos proyectos ni el dinero aportado por la UE habían podido levantar al pueblo. Justificaron su voto como era de esperarse y, por supuesto, mencionaron el lema del brexit sobre recuperar una independencia, muy a pesar de que el Gobierno británico nunca ha perdido la soberanía sobre su territorio. Como es lógico, la duda resultante de esa primera fase de su entrevista es, si efectivamente los proyectos habían logrado su cometido. Independientemente del dinero, ¿cuánto había podido ayudar al pueblo?

Una vez dentro de uno de los edificios del proyecto, Clegg pasó a entrevistar a los jóvenes que acuden al lugar para entrenarse en construcción y varios otros oficios. En medio de la conversación sobre las preocupaciones de los pro-salida, algunos de los jóvenes no compartían los sentimientos antimigratorios por considerarlo sólo un miedo: “en este pueblo casi no hay inmigrantes”.

Se pueden extraer varias conclusiones sobre su visita, siendo una de ellas que las personas mayores son quienes más concurren a votar, y sus temas normalmente son muy distintos a los de los jóvenes que aún no reconocen su responsabilidad en el voto y la conducción del país. Pero hay otra razón aún mayor, y es que nunca se iba a poder complacer a la población pensionada: ellos añoran una realidad que ya no es posible ni para el pueblo ni para el país. Justamente porque había fallado la reestructuración económica, era que el pueblo había recibido el aporte europeo, y sin embargo, no había ninguna voluntad de reconocer las virtudes del proyecto. Por eso los electores compraron una opción política que, ni les va a devolver su modo de vida anterior, y posiblemente no podrá seguir financiando los proyectos de la región.

En nuestro país ocurre a veces que a algunos viejitos no les importa si los jóvenes ya no pueden educarse ni trabajar: ya eso no es problema de ellos. Aunque la democracia les haya brindado oportunidades, las hayan aprovechado o no, votan contra ella con el mayor desapego y desagradecimiento inimaginables. Y esa postura se corresponde con unos mensajes de campañas políticas, oportunistas las más de las veces, y que muchas veces se convierten en lamentables consensos.

Una nota sobre mi experiencia al escribir este artículo:

Sobre Nick Clegg quisiera decir que, si hay un político extranjero que no se ha equivocado con el caso venezolano, ese ha sido él.

Es distinto con los típicos intelectuales y políticos de izquierda quienes a veces hablan con una visión y una sensibilidad sólo comparables a la de los poetas románticos del siglo 19. Admirables, e inspiradores en verdad, pero por favor, no les pregunten sobre Venezuela, porque patinan.

Les parece a esta gente que con su antiamericanismo es suficiente para decir cualquier cosa sobre nuestra situación actual, sin detenerse a reconocer su ignorancia, por ejemplo, en lo que ha sido la política exterior de este país a lo largo de su historia. Esa piratería y flojera para hablar sobre nosotros, es ofensiva.

Por eso muchas de mis amistades, gente que ha cultivado su pensamiento de izquierda y ha vivido su vida en consecuencia, se han alejado del socialismo y de toda la retórica asociada a ella. Incluso, los que nunca fueron socialistas, también han sido picados por la culebra: muy poca gente compra la izquierda en la Venezuela de hoy.

El socialista venezolano serio y crítico es alguien que aún guarda sus libros en alguna repisa de su casa, pero no los revisita, y si lo hace, posiblemente sonría al leer las utopías y sueños de sus preciados autores. Esa sonrisa es como la de la Mona Lisa, que mana desde otro jardín de la realidad, uno muy ansiado por el filósofo, el de tenerse a uno mismo.

Entre esos intelectuales y políticos hago la excepción con Noam Chomsky y Luis Almagro. Me reservo mi derecho. Ello saben que las acciones son las que coronan las palabras.